Un quejido metálico agrieta la noche, tímido viento que osa columpiarse, meciéndose a sí mismo con un niño sin padre, triste y solo, agonizante de envidia. Llora y se mece, se mece y llora, la herrumbre del balancín es su llanto. En la lejanía destellos azulados y fugaces, sin tiempo para un café, policías atareados. Siempre …